Hermanos míos muy queridos

Cintio, Fina, nombres que he dicho a diario a lo largo de los años, y son ya parte de mi vida. Hasta los poemas de cada uno de ellos, tan originales, tan inconfundibles, tan hechos de ellos mismos, me son tan familiares como los propios. ¡Cuántas cosas no les habré tomado en préstamo sin darme cuenta siquiera!

En la poesía de Fina se siente el toque de su mano de mujer, no importa el tema. Jamás he creído en poesía masculina o femenina, mayor ni menor, sino solo en la realidad de la poesía. Pero, claro, la hacemos hombres y mujeres y hasta niños, y siempre queda en los versos la huella de nuestras manos.

Cintio fue mi compañero de escuela, apenas más que un niño, en el benemérito Colegio La Luz, trasladado en su integridad a La Habana de su Matanzas original. ¿Habrá traído el colegio consigo un poco del aire y la vida de la ciudad que tanto ama Cintio, cuando se sentía él tan bien allí? Aun de muchacho tuvo ya el sentido infalible para hallar la poesía dondequiera que estuviese. Cierta mañana me hizo el regalo inestimable de permitirme el encuentro con dos jóvenes estudiantes como habrá habido pocas, las hermanas Fina y Bella. Ya por entonces dábamos nuestros primeros pasos por la Universidad.

Fina era una muchacha, una adolescente, cuando me tocó el privilegio de conocerla. Tenía la costumbre de escribir sus poemas en cualquier papel que le cayese a mano, como, por ejemplo, en pedazos o trocitos del papel en que venían envueltos los panes. Cuando una coma no le cabía al final de un verso, con toda naturalidad la ponía al comienzo del siguiente. “Eres la inventora de la coma inicial”, le decía yo, entre divertido e irritado, pues siempre he sido escrupuloso con mis comas y puntos. “¿Y qué voy a hacer”, me respondía ella, mirando perpleja su trocito de papel de estraza, “si no me cabe al final?”

Ante aquella respuesta no había réplica satisfactoria. La Madre Santa Teresa de Jesús,[1] ¿no escribió su autobiografía, por orden de su confesor, de principio a fin sin pararse en minucias de comas y puntos y seguido y puntos y aparte? Fue el pobre Fray Luis de León[2] quien se encargó de ponerle remansos a aquel torrente magnífico. Fina andaba, entonces, en muy buena compañía. Siempre he sospechado que la mujer, por más cercana a las realidades fundamentales de la vida, ve un poco como cosas de niños los asuntos que nos interesan a los hombres. La política, por ejemplo, la literatura, el ajedrez, la guerra. El ajedrez debe ser para ellas el colmo de los colmos, porque es abierta y declaradamente un juego. Tal es la razón, me parece, de que haya pocas figuras femeninas eminentes en la historia del ajedrez. Pero a veces nuestros juegos se tornan demasiado peligrosos, y entonces, irritadas, intervienen. Es el momento de echarse a correr. Juana de Arco[3] ha montado a caballo.

La poesía, no, no es propiamente un juego. Es parte de la vida como lo son los hijos que a ellas les debemos. Pero inevitablemente la poesía es también parte de la literatura. De aquí que Fina condescienda a su coma inicial, para así podernos dar la sobreabundancia que le interesa. Y si las cosas son como dices, preguntarán ustedes, ¿por qué ha podido iluminarnos a fondo tantos recodos, no ya de la poesía, sino de la misma literatura? Porque la luz, murmuro, es ya la substancia de la vida, y ella la utiliza como un amoroso instrumento para saber del universo.

En Cintio las circunstancias son, naturalmente, muy distintas. También él recibió muy pronto la visitación de la Poesía. Despertó en él los dones del rigor, la austeridad, la lucidez extrema. Si Fina ve a través de la ternura y de una insondable lejanía, que por curiosa paradoja hace las cosas más cercanas, Cintio, en cambio, ve con ojos desollados, con una inexorable atención que es, en última instancia, amor. Tal es el punto en que se hacen una sus “miradas perdidas”.[4] Si yo pretendiese apoyar mis pobres argumentaciones con ejemplos de sus poemas, me echaría a llorar frente a ustedes como un niño, espectáculo que no sería muy agradable en un hombre de mis años. Y, sin embargo, ¿no es esta deplorable posibilidad la prueba de que sus obras se cuentan entre las más altas del idioma? Tengo para mí que solo es válida aquella poesía que nos hace o sonreír o sollozar.

Creo que he tenido el privilegio de vivir durante años en compañía de dos criaturas portadoras de luz. Recordemos que esa luz es en esencia Cuba misma. Tal es la razón de que hayan podido acercarse sin daño al horno viviente de la nación cubana. José Martí, hombre severo si los hubo, les ha permitido acercársele y les ha confiado con cariño todos sus secretos. ¿Qué más puede decirse?

Cintio, Fina, hermanos míos muy queridos. Para casi todos los demás en esta sala ustedes son Cintio Vitier y Fina García-Marruz, y es natural y propio que así sea. Entiendo que para ofrecer un homenaje es imprescindible esta distancia, aunque breve, de los apellidos. Ambos merecen los más altos reconocimientos, premios, alabanzas, de que sea capaz nuestro pueblo. Pero, para mí, pobre y afortunado de mí, seguirán siendo siempre Cintio y Fina. ¿Y qué voy yo a decirles si no gracias por tantas riquezas, cariños, cortesías, iluminaciones, con que me han regalado ustedes a través de los años? Gracias, Cintio, Fina, y que Dios los bendiga.[5]

ELISEO DIEGO

 

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1988, no. 11, pp. 465-467.

 

Notas:

[1] Santa Teresa de Jesús (1515-1582).

[2] Fray Luis de León (1527-1591).

[3] Juana de Arco (1412-1431).

[4] Fina García-Marruz: “Las miradas perdidas”, en Las miradas perdidas 1944-1950, La Habana, Úcar García, S. A., 1951, pp. 92-99. Véase también en Obra poética, 2 t., prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008, t. 1, pp. 67-72.

 [5] Véanse en el mismo Anuario, pp. 465-467, las “Palabras de gratitud” pronunciadas por Cintio Vitier en su nombre y en el de Fina García-Marruz.