Secularidad de José Martí

José Martí fue para todos nosotros el único que logró penetrar en la casa del alibi. El estado místico, el alibi, donde la imaginación puede engendrar el sucedido y cada hecho se transfi­gura en el espejo de los enigmas.

Su imaginación se ha vuelto cenital y misteriosa, y ha penetrado en su misión con el convencimiento de que quien huye de la escarcha se encuentra con la nieve. Arrostró esa escarcha; amarró su caballo en el tronco de cuerpo y aceite, y penetró alegremente en la casa del alibi. Las palabras finales de su Diario, uno de los más misteriosos sonidos de palabras que están en nuestro idioma, bas­tan para llenar la casa y sus extrañas interrupciones frente al tiempo.

En la soberanía de su estilo se percibe la mañana del colibrí, la sombría majestad de la pitahaya, y los arteriales nudos del ce­drón. Podía hablar, dice Rubén Darío, delante de Odín, rodeado de reyes.[1]

Su permanencia indescifrada continúa en sus inmensos memoria­les dirigidos a un rey secuestrado; la hipóstasis o sustantivización de los alegres misterios de su pueblo. En sus cartas de relación nos describe para su primera secularidad una tierra intocada, sím­bolos que aún no hemos sabido descifrar como operantes fuerzas históricas.

Et caro nova fiet in die irae. Tomará nueva carne cuando llegue el día de la desesperación y de la justa pobreza.

La majestad de su ley y la gravedad de sus acentos, nos recuer­dan que para los griegos mártir significa testigo. Testigo de su pue­blo y de sus palabras, será siempre un cerrado impedimento a la intrascendencia y la banalidad. Y si solo podemos creer, según la extraña sentencia de Pascal,[2] a los testigos muertos en la batalla, es en las decisiones de su muerte donde nuestra forma como pue­blo adquirió su esplendor al unir el testimonio con su ausencia, dar una fe sustantiva para las cosas que no existen, o a la terrenal gravitación de las más oscuras imágenes.

Orígenes reúne un grupo de escritores reverentes para las imágenes de Martí. Sorprende en su primera secularidad la viviente fer­tilidad de su fuerza como impulsión histórica, capaz de saltar las insuficiencias toscas de lo inmediato, para avizorarnos las cúpulas de los nuevos actos nacientes.

 JOSÉ LEZAMA LIMA

 

Tomado de Orígenes, La Habana, t. 10, no. 33 de 1953, pp. 3-4.

 

Nota:

[1] “Trabajaba de casa en casa, en los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no desdeñaba al humilde; al humilde le hablaba como un buen hermano mayor, aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera hablado como Elciis, los cuatros día seguidos, delante del poderoso Otón rodeado de reyes”. De Los raros (1896). Tomado de Rubén Darío: “José Martí”, en José Martí. Valoración múltiple, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007, t. 2 (edición al cuidado de Ana Cairo Ballester), p. 39.

[2] Blaise Pascal (1623-1662).