José de la Luz

Él, el padre; él, el silencioso fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que solo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa,—y a la gloria de su persona, culpable para hombre que se ve mayor empleo, prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria; él, que es uno en nuestras almas, y de su sepultura ha cundido por toda nuestra tierra, y la inunda aún con el fuego de su rebeldía y la salud de su caridad; é1, que se resignó,—para que Cuba fuese,—a parecerle, en su tiempo y después, menos de lo que era; él, que decía al manso Juan Peoli,[1] poniéndole en el hombro la mano flaca y trémula, y en el corazón los ojos profundos, que no podía “sentarse a hacer libros, que son cosa fácil, porque la inquietud intranquiliza y devora, y falta el tiempo para lo más difícil, que es hacer hombres”;[2] él, que de la piedad que regó en vida, ha creado desde su sepulcro, entre los hijos más puros de Cuba, una religión natural[3] y bella, que en sus formas se acomoda a la razón nueva del hombre, y en el bálsamo de su espíritu a la llaga y soberbia de la sociedad cubana; él, el padre,—es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos.

¿Qué es ver la luz, y celebrarla de lejos, si se la huye de cerca? ¿Qué es saludar la luz, mientras sus rayos tibios adornan flojamente la desidiosa naturaleza, y ponérsele de cancel, en cuanto sale del caos, quemando y sanando, con el brío del sol? ¿Qué es pensar sin obrar, decir sin hacer, desear sin querer? ¿Qué es ver caer la torre deshecha sobre el pueblo amado, y tener al pueblo por la espalda, como la celestina a la novicia dolorosa, para que le caiga mejor la torre encima? ¿Qué es aborrecer al tirano, y vivir a su sombra y a su mesa? ¿Qué es predicar, en voz alta o baja, la revolución, y no componer el país desgobernado para la revolución que se predica? ¿Qué es gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto, para cuando la llama se desborde, y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?

Lo más del hombre, y lo mejor, suele ser, como en José de la Luz,[4] lo que en él solo ven a derechas quienes como él padezcan y anhelen; porque hoy, como en Grecia, “se necesita ser fuego para comprender el fuego”:—o los que oyen aterrados su paso en la sombra. De él fue lo más la idea profética e íntima, que no veía acomodo entre su pueblo sofocado y crecedero—cercado de la novedad humana, y la nación victimaria, lejana e incapaz, que entrará descompuesta y sin rumbo a su ajuste violento e incompleto con el mundo nuevo,—y consagró la vida entera, escondiéndose de los mismos en que ponía su corazón, a crear hombres rebeldes y cordiales que sacaran a tiempo la patria interrumpida de la nación que la ahoga y corrompe, y le bebe el alma y le clava los vuelos. Los pueblos, injustos en la cólera o el apetito, y crédulos en sus horas de deseo, son infalibles a la larga. Ellos leen lo que no se escribe, y oyen lo que no se habla. Ellos levantan, como el sabueso, al enemigo, aunque use lengua túrgida y sedosa, y descubren la pasión de virtud que se suele ocultar, para servir mejor, en el sacrificio desconocido o en el silencio prudente. Ellos, en los países de desdén y discordia, quieren, con apego de hijo, a los hombres de justicia y amor,—a los que no emplean en herir a sus hermanos dispuestos a morir por su patria la energía que reservan para perpetuar en ella el poder de sus tiranos. Y así ama, con apego de hijo, la patria cubana a José de la Luz.

Lo que es para los enemigos de Cuba y del libre empleo del alma cubana en la tierra que pueblan insolentes los aventureros que la odian, véase en el párrafo de un discurso de Francisco Santos Guzmán en Cienfuegos.—Y lo que es para los cubanos que le oyeron de cerca la palabra creadora, véase en otro párrafo que publica Alt Wander en La Verdad de La Habana.

 

 

JOSÉ MARTÍ

 

 

Párrafos de un discurso de Francisco Santos Guzmán

“En efecto, aquí antes de las lecciones y de la propaganda del célebre educador y filósofo don José de la Luz y Caballero, cuando de la patria se hablaba se entendía la única patria que los cubanos tenían y tienen hasta ahora: la patria española, pero uno de los motivos de celebridad de ese insigne educador, fue haber creado la patria cubana que antes no existía, y desde entonces, al hablarse en Cuba de la patria por los elementos no adictos a la nacionalidad, se entendió la patria cubana. Las necesidades, empero, de la política; las relaciones en que los partidos se han encontrado en estos últimos tiempos, han hecho que la Junta Central autonomista, por del Sr. Montoro haya dicho hace poco días, en manifestación solemne, que era de necesidad para el partido autonomista, fundar en la justicia y la libertad, como si la justicia y la libertad fueran patrimonio de la autonomía y no ideas abstractas que lo mismo encajan en el régimen autonomista que en el asimilista; habla de fundar, repito, en la justicia y la libertad la patria española.

Por manera que aquella patria cubana ha desparecido a manos de D. Rafael Montoro, en representación de la Junta Central del partido autonomista. (Aplausos)”.

 

Párrafos de Alt Wander en La Verdad

Decir que el evangélico educador del inolvidable plantel El Salvador, que inculcó en el pecho del que escribe estas líneas, y de todos sus condiscípulos un amor desapoderado por la independencia de su desgraciada y escarnecida patria, y por el triunfo de los derechos del hombre, es decir, que lo que es blanco, es negro, y que la verdad y la justicia, han huido de nosotros, para siempre.

¡Bendita sea la memoria de “Don Pepe” que supo hacerme hombre y no siervo!

Si este cubano insigne no propagó abiertamente las aspiraciones de su alma virtuosa, no fue por españolismo, no; fue por patriotismo inteligente.

Aquella era una época inquisitorial de despotismo gubernamental, y el más mínimo desliz político de “Don Pepe” hubiera sido suficiente para que el gobierno cerrase su plantel de educación.

“Don Pepe” con su clara inteligencia así lo comprendió; y como su misión patriótica era educar hombres para el porvenir de su amada Cuba, sufrió más de una vez el injusto reproche de algún exaltado compatriota, pero consiguió el fin que se proponía, pues dio a su patria la mayor parte de los héroes del 68.

 

Patria, Nueva York, 17 de noviembre de 1894, no. 137, p. 2. (OC, t. 5, pp. 271-273).

 

 

Notas:

[1] Véase el artículo “Juan J. Peoli”, Patria, Nueva York, 22 de julio de 1893, no. 71, pp. 2-3. (OC, t. 5, pp. 280-285).

 

[2] Véanse, al respecto, “Cecilio Acosta”, Revista Venezolana, Caracas, 15 de julio de 1881, OCEC, t. 8, p. 93; “Juan J. Peoli”, ob. cit., p. 3 (OC, t. 5, p. 282); “[Colegio de corazones]”, “En casa”, Patria, Nueva York, 14 de julio de 1894, no. 120, p. 3 (OC, t. 5, p. 431); y Fragmentos, OC, t. 22, p. 206. (N. del E. del SW).

 

[3] Este mismo concepto aparece también en la crónica “La universidad de los pobres”, publicada en La Nación, de Buenos Aires, el 22 de octubre de 1890, OC, t. 12, p. 438.

 

[4] José de la Luz y Caballero (1800-1862). Educador cubano. Hizo estudios en el convento de San Francisco, donde recibió la primera tonsura y las órdenes menores, y el Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio bajo la dirección del presbítero José Agustín Caballero. Se graduó de bachiller en Filosofía en 1817, y de bachiller en Leyes en 1820. Abandonó los hábitos y ocupó la cátedra de Filosofía en el Seminario desde 1824. Viajó por los Estados Unidos (1828) y por Europa occidental (1829). Hizo amistad con algunos de los más destacados hombres de su época, entre ellos Humboldt, Walter Scott y Goethe. De regreso a Cuba, colaboró en las principales publicaciones habaneras y participó en el intento frustrado de establecer una Academia Cubana de Literatura. Al ser ordenado el destierro de José Antonio Saco en 1834, fue Luz y Caballero quien redactó su Representación al general Tacón y definió la actitud política de ambos: el liberalismo como sinónimo de ilustración y la independencia de criterio frente al poder constituido. Dirigió el colegio de San Cristóbal. Se graduó de abogado en la Audiencia de Puerto Príncipe. Intervino en polémicas sobre la metodología de las ciencias, la ideología, el sensualismo y la filosofía ecléctica de Victor Cousin, temas sobre los cuales publicó la primera parte de su Impugnación a las doctrinas filosóficas de Victor Cousin (1840) y Artículos varios de filosofía. En 1842 impugnó la orden de expulsión de la Sociedad Patriótica emitida contra el cónsul inglés, David Turnbull, sospechoso ante las autoridades por sus ideas abolicionistas. En 1843 viajó a Nueva York y siguió posteriormente hacia París, con el fin de restablecer su salud, muy quebrantada ya. Regresó a Cuba en 1844, para responder personalmente a los cargos que se le hacían con motivo de la llamada Conspiración de la Escalera. Su causa fue sobreseída. En 1848 fundó el Colegio El Salvador, que llegó a ser el más importante centro educativo de la niñez y la juventud en el siglo XIX. Dos años después perdió a su única hija, golpe que lo afectó profundamente. Su muerte, ocurrida el 22 de junio de 1862, dio lugar a una manifestación popular de duelo y devoción. Fue hombre de cultura enciclopédica y espíritu científico, a la vez que religioso. Como filósofo combatió el eclecticismo de Cousin y propugnó la gnoseología sensualista con aplicación del método de las ciencias físicas y naturales a las intelectuales y especulativas, con lo cual se anticipó a los principios lógicos de Stuart Mill y a la psicología fisiológica de Guillermo Wundt. —José Martí escribió siempre con fervorosa admiración “del dueño de nuestros corazones, de Don José de la Luz” (Patria, no. 89, p. 2), “que habló para encender y predicó la panacea de la piedad” (OC, t. 4, p. 303); lo consideró “padre amoroso del alma cubana” (OC, t. 4, p. 418) y “silencioso fundador” (OC, t. 5, p. 271) del sentimiento patrio, en su artículo del 17 de noviembre de 1894, publicado en Patria. Véase el ensayo de Cintio Vitier, “Glosas a José de la Luz”, en Lecciones cubanas (1990), Obras 11. Estudios y ensayos, prólogo de Enrique Saínz, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2014, pp. 355-367. (OCEC, t. 3, pp. 248-249). (Texto modificado ligeramente por el editor del sitio web).