Pilar Belaval

Discurso pronunciado en la velada homenaje a Pilar Belaval,[1] en el Liceo Hidalgo, el 5 de marzo de 1876.

 

La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida; truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron. Son los tiempos como ondas del aire que entre sí se comunican y extienden las glorias de los que se cobijaron a su sombra.

Es una manera de honrarse, y no la menos generosa, honrar a los demás; así lo ha entendido el Liceo Hidalgo,[2] benévolo para los ingenios nacientes, justo para los talentos que han desaparecido de la tierra, porque hay en los espíritus solicitud misteriosa de lo que aquí es grande y bello, como si no fuera esta la patria de la belleza absoluta, como si lo grande terrenal no fuera más que presunción de una grandeza abstracta, potente como la soberbia de1 humano, y extensa como la imagen vaga de su Dios.

Hay en el alma como otro ser dormido, fiera cuando lo mueve el espanto o la venganza, llanto cuando lo agita el duelo o el amor. Ora es melancolía insensata: ora es ave oprimida que nos rompe el pecho con el mover inquieto de sus alas.

Vive en esas regiones, que todo alienta y vive, el espíritu superior de una artista ilustre, rica en talento, dueña de alma noble, justamente afamada en la tierra de amores en que serpentea el Guadalaviar,[3] y no menos querida en la tierra de México, gala y lujo de la naturaleza, con esta obra de sacudimiento y resurrección que en la espléndida América ha cumplido.

Me llaman para honrar a una artista y para celebrar a una mujer: diera mi mala fortuna que no hubiese palabras en mis labios, y este motivo de loor pondría en ellos palabras a raudales.

Es mujer, copia feliz de cuanto hay de animado y de bello, y artista es el realce de1 entusiasmo y la grandeza. Dícese mujer, y se adivinan ternuras, abnegaciones, divinas locuras y promesas.

Dícese arte, y siéntese la voluntad encadenada a extraña y poderosa fuerza, y levantada la inspiración, y como cumplida una alegría, y regocijada y agradecida una ventura. Arte es huir de lo mezquino, y afirmarse en lo grande, y olvidarse, y enaltecerse, y vivir, porque olvidarlo es la única manera de perdonar al Creador ese don pesado, incomprensible y loco de la vida. Hay locuras eternas: también es cierto que toda redención y toda alteza nacen en forma extraña de locura.

Era la que ahora celebramos, mujer bella de cuerpo, y elevada de talento, maestra en la interpretación de la comedia, dueña y señora del drama, y tan presto mujer donairosa en el decir de alguna sátira festiva, como doliente Alicia[4] o fiera Adriana[5] en aquel monumento de1 teatro que se llama [Un] drama nuevo, y en esta obra notable, que tan bien acomodó a la escena castellana el gran lector, gran traductor y gran poeta, hijo de las Américas y muy amado en España, fecundo e inolvidable Ventura de la Vega.[6]

Dicen que no hubo nunca mayor gracia cómica, ni pasear más picaresco, ni más intencionado mirar que aquellos con que regocijaba a su auditorio Pilar Belaval, cuando con rara inteligencia unía a la altivez y ceño de una dama, el donaire y peculiar gracejo de las hijas de aquella Andalucía, tierra amada por el sol, madre de flores y mujeres bellas, donde las blancas casas de los pueblos como que dan idea agradable de las blancas almas de sus hijas. Sevilla parece, vista desde lejana altura, como lecho de dormidas palomas; México copia bien los negros ojos, animada expresión y gracia singular de las mujeres de Sevilla: y era el tipo sevillano, español, bohemio y árabe el que en la escena cumplía y embellecía la actriz amada por el público.

Y en los instantes en que la agitaban emociones dramáticas, ¡cómo se erguía robusto su talento! ¡Cuán celosa dicen que era en Adriana [de] Lecouvreur, y amante en Piedad, y angustiada en la gran obra de Tamayo,[7] y llorosa y sublime en la Eugenia[8] infeliz de1 gran Acuña![9] Ella fue la que realizó en el teatro la obra generosa de aquella alma pálida, perpetuamente inquieta por diversos devaneos, y que estalló en su cráneo, más que por obra de una mano loca, por fuerza de1 cerebro poderoso que dentro de1 cráneo se ahogaba y se oprimía.

Ella, espíritu culto, debía entender las exaltaciones de Acuña, gran espíritu. Y bastan para la comedia los talentos, mas quiere el drama fuerza de propio valer y de arrebatada inspiración. Pinta un afecto el poeta, y crece y entusiásmase con él; mas llega un instante en que termina la obra de1 lenguaje para ceder a los impensados movimientos de la acción. No solo es útil el actor: es complemento y apoyo de la grandeza de1 poeta, porque cuando llega la pasión a un alto extremo, no hay versos en la lira, ni frase en el lenguaje, ni en lengua alguna palabras que copien los bruscos arranques, salvajes gritos, airados movimientos, expresiones terribles con que en sus horas de tormenta se sacude la enérgica naturaleza de los hombres.

Se cumple el arte, despierta la fiera, llora el llanto, muévese con más vigor dentro de1 pecho el ave inquieta y sorprendida.

Estos triunfos alcanzó la Belaval, triunfos siempre pasajeros por injusticias de la memoria o apetito de novedades, nunca saciado en los humanos.

Bien ha hecho el Liceo Hidalgo en remover su tumba; que es noble sacrilegio el de cubrir los cadáveres con flores. Bien ha hecho en tejer coronas nuevas para la que fue en vida mujer amantísima de1 arte, y supo cautivar a altos espíritus, y encarnarse en la obra de un poeta infortunado y memorable, y dejar tras sí admiradores numerosos, entusiastas amigos, doliente amante, y hombres de letras ilustres, que tuvieron en alta estima sus talentos, y por ellos la encomian y la ensalzan.

Arbusto solitario es el alma de1 hijo enamorado de la patria que lejos de su amada sufre sin consuelo: manera de morir es esta de vivir alejado de la patria: celebre un muerto de ausencia a la que, por bien suyo, y mal de los que quedan, murió ya: viértanse sobre la tumba las flores tristes de este solitario arbusto, y asciendan en aromas hacia la que adelanta por las sendas de la muerte, que es una forma de la vida, en tanto que aquí se encomian sus excelencias en el arte, que es una forma del amor.

 

JOSÉ MARTÍ

 

El Federalista,[10] edición literaria, México, 5 de marzo de 1876.

 

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2010, t. 3, pp. 163-165.

 

 

NOTAS

[1] Pilar Belaval (1845-1875). Actriz española. Perdió a su madre a los once años, y se dedicó al teatro para aliviar la situación económica de su padre, quien también era actor. Recorrió las principales ciudades de España y actuó en Portugal. Desde Oporto regresó a su país como primera actriz y dama joven. Descolló lo mismo en el drama que en la comedia, la zarzuela, la tragedia clásica y el sainete. En 1867 viajó a América y trabajó en Cuba y en México. A este último país arribó en 1868, junto a su esposo, el actor cómico español Antonio Muñoz Esteve. Su compañía estrenó en Ciudad de México, en octubre de 1869, las famosas piezas bufas La vida parisiense y La gran duquesa de Gerolstein, con letra de Halèvy y música de Offenbach. El 9 de mayo de 1872 tuvo lugar su beneficio en el Teatro Principal, ocasión en la cual estrenó el drama El pasado, primera obra de teatro escrita por Manuel Acuña. (Tomado de OCEC, t. 4, pp. 438).

[2] Liceo Hidalgo. Sucesor de la Academia de San Juan de Letrán, fue fundado en 1850. Esta institución se convirtió en la sociedad literaria mexicana más destacada durante la segunda mitad del siglo XIX. Su órgano fue la revista La Ilustración Mexicana, editada por Ignacio Cumplido. Su primer presidente fue Francisco Cevero Maldonado, y al año siguiente le sucedió Francisco Zarco; entre sus iniciadores estuvo, además, Francisco González Bocanegra, aunque su principal impulsor fue Ignacio Manuel Altamirano, quien se propuso reunir en el Liceo a las figuras más representativas de la cultura nacional. Sus tertulias se realizaban en casa de cualquiera de sus miembros: Rafael Martínez de la Torre, Mariano Riva Palacio o el propio Altamirano. En ocasiones estas tertulias tenían lugar en el salón de actos de la Academia de Música, donde se desarrolló la polémica sobre el materialismo y el idealismo, en la cual participaron Pimentel, José Martí y Gustavo Baz (OCEC, t. 3, pp. 237-242). Martí ingresó en el Liceo en 1875, y la sociedad perduró hasta poco después de 1893. (Tomado de OCEC, t. 4, pp. 469-470).

[3] Río Guadalaviar. Alto curso del río Turia, en España.

[4] Alicia. Personaje de Un drama nuevo, de Manuel Tamayo y Baus.

[5] Adriana. Personaje del drama de Agustín Scribe, Adriana de Lecouvreur. Escrito en 1849, fue traducido al español por Ventura de la Vega. En él se narra la vida de una actriz francesa así nombrada, que vivió entre 1692 y 1730, famosa por sus pasiones amorosas violentas, que la hicieron sospechosa de llegar al crimen.

 [6] Buenaventura José María Vega y Cárdenas (1807-1865). Poeta y dramaturgo, español, más conocido por Ventura de la Vega. Nació en Buenos Aires y murió en Madrid. Fue profesor y secretario de la reina Isabel II, miembro de la Real Academia de la Lengua, diputado a Cortes, director del Conservatorio de Música, gentilhombre de la corte y subsecretario de Estado, aunque siempre conservó su nacionalidad argentina. Dirigió el Teatro Español. Su primer drama, El hombre de mundo, se considera su mejor obra. José Martí se refirió siempre a él con simpatía, y en su artículo “Poesía dramática americana” (El Porvenir, 25 de febrero de 1878), escribió: “Visible es en las modernas tablas castellanas la ática savia que Ventura de la Vega—si allá educado, aquí nacido, a nuestro sol que enciende, crea e imprime—, infundió al renaciente teatro español”. Y en un apunte sobre intelectuales y artistas hispanoamericanos notables anotó: “¿Quién saneó la comedia? Ventura de la Vega”. Véase la nota biográfica dedicada a Ventura de la Vega en OCEC, t. 3, p. 258. (Tomado de OCEC, t. 4, p. 503).

[7] Un drama nuevo de Manuel Tamayo y Baus (1829-1898). Dramaturgo español. Fue una de las personalidades más destacadas de la transición del romanticismo al realismo en la literatura española. Su obra más famosa fue Locura de amor (1855); sin embargo, la crítica considera sus mejores obras Un drama nuevo (1867), que publicó con el seudónimo de Joaquín Estébanez, y Lances de honor. Fue secretario permanente de la Academia de la Lengua y director de la Biblioteca Nacional de Madrid hasta su muerte. (Tomado de OCEC, t. 8, p. 233).

 [8] Eugenia. Protagonista de El pasado, drama del poeta mexicano Manuel Acuña.

[9] Manuel Acuña Narro (1849-1873). Poeta mexicano. Nació en Saltillo, Coahuila. Se trasladó a la capital del país para realizar estudios de Medicina (1868). Situado entre la generación de reformistas liberales y la nueva hornada que se agrupaba en torno a Ignacio Manuel Altamirano, su poesía fue romántica y positivista. Con Agustín F. Cuenca fundó la Sociedad Literaria Netzahualcóyotl, y perteneció al Liceo Hidalgo. Colaboró en El Renacimiento, El Libre Pensador, El Federalista, El Domingo, El Búcaro y El Eco de Ambos Mundos. Sus composiciones más célebres fueron “Hojas secas”, “Ante un cadáver”, “Resignación” y, sobre todo, su “Nocturno”, dedicado a Rosario de la Peña. También escribió un drama de crítica social, El pasado, y poemas de tema patriótico, como su romance “El giro”. Su suicidio en la Ciudad de México, el 6 de diciembre de 1873, ha sido atribuido a los amores contrariados con Rosario de la Peña, a quien desde entonces se le llamó, La de Acuña. José Martí se refirió varias veces a Manuel Acuña, “poeta infortunado y memorable” (OCEC, t. 3, p. 165) y le dedicó un artículo en El Federalista, el 6 de diciembre de 1876. Véase en OCEC, t. 3, pp. 206-208. (Tomado de OCEC, tt. 3 y 28, pp. 245 y 263, respectivamente). (Nota modificada ligeramente por el E. del SW).

 [10] Periódico político mexicano. Apareció por primera vez el 3 de enero de 1831, en contra del gobierno de Anastasio Bustamante, con el propósito de “romper los lazos que sofocaban a la prensa”. En su segunda época (1872-1878) tuvo a Alfredo Bablot como editor responsable y redactor jefe; contó los domingos con una edición literaria. Aparecía diariamente, excepto los lunes, y colaboraban en él algunos de los principales escritores mexicanos de la época. Se le conocía como el periódico de la calle de las Escalerillas, en cuyo número 11 radicaba su imprenta. José Martí colaboró ocasionalmente en su edición literaria y publicó siete artículos (“Catecismo democrático”, “Manuel Acuña”, “Alea jacta est”, “El Federalista”, “La situación”, “Extranjero” y “La Poesía”), después que la Revista Universal cesó el 19 de noviembre de 1876. Antes había publicado el texto del discurso en la velada homenaje a Pilar Belaval, en el Liceo Hidalgo, el 5 de marzo de 1876. (Tomado de OCEC, t. 20, pp. 337-338). (Nota modificada por el editor del sitio web).