El teatro cubano

El oficio de un pueblo es crear, y la fuerza del mundo está en los que producen. En teatro, como en todo, podemos crear en Cuba. El teatro vive de la historia, y nosotros tenemos una tal, y de tan absoluta y viril grandeza, que nuestro teatro nos puede salir bello, si no damos en amortajar a nuestros héroes con capas de torero, si no le ponemos al alma cubana chaqueta y monterilla, si no expresamos nuestra alma libre en las formas que han tomado de afuera los que nos la agobian. Nuestro teatro se ha de escribir en una lengua digna, por la majestad y sencillez, del sacrificio que en él va a perpetuarse.

Y nos cuentan que hay quien se ensaya en poner en escena, sin tramas inútiles, los cuadros augustos o típicos de los días únicos por donde el cubano se enseñó en toda su altura: de los días de la guerra. Una escena describe la hora de la resolución, cuando el rico, el esposo, el padre decidían, en la casa dormida, montar en el caballo de morir. Deponer ante la patria el gusto de la fortuna, que es grata con justicia a quien la levanta con su labor, y la compañía de la mujer, y el enamoramiento del hijo. Otra escena es la batalla entre el interés de la vida, representada allá en la selva por la compañera que se empieza a cansar, y la idea del deber triunfante y doloroso que se desase de sus brazos, y “monta en Mambí”. En otra escena está de descanso el campamento, como nosotros descansábamos, unos contando cómo se hace la pólvora, o se cura la herida, o se hacen en una máquina de mano los casquillos de las cápsulas; otros, sentados juntos en un tronco, enseñándose a leer, con el machete a los pies. De pronto entra un amigo: ¡qué gusto el de volverlo a ver! ¿cuántas peleas, desde la última vez?: le preparan el festín,—mango, jutía, boniato, cubalibre; pero el recién llegado baja la cabeza, cuando un amigo le pregunta por la Biblia que le prestó:

—¿Y la Biblia que te dí, y que te dije que me la guardaras?

—Hermano ¡me la fumé!

Porque esa es la guerra verdadera: una guerra en que se muere, y en que se ríe. Y así, con esa libertad de la naturaleza, puede nacer nuestro teatro épico. ¿Para cuándo habrá acabado su obra nuestro poeta?

 

JOSÉ MARTÍ

 

Patria, Nueva York, 26 de marzo de 1892, no. 3, pp. 3-4. (OC, t. 5, p. 319).