Carta del general Máximo Gómez a Gonzalo de Quesada

 

Jurisdicción de Baracoa, 16 de abril de 1895

 

Sr. D. Gonzalo de Quesada.[1]

 

Mi querido amigo: Aquí nos tiene ya, sanos y salvos sobre la tierra amada, rifle en mano frente al tirano de nuestra patria. Ella como cariñosa madre nos ha recibido con sus brazos abiertos, y puso enseguida a nuestro lado 50 compañeros armados hasta los dientes. No teman mucho ya por nosotros. Tu recuerdo me sigue; ya ves que cumplo tu encargo, y más de una vez, jadeantes, fatigados, trepando la escarpada sierra, te he recordado con Martí.

Este veterano de la tribuna lo está siendo aquí ahora con la misma fuerza y valentía. La prueba ha sido dura, pero no ha cedido él ni un punto a los que de viejo sabíamos quebrar las sierras y dominar la sed y el cansancio.[2]

Todos queremos a tu maestro como é1 se merece que lo quieran; y lo cuidamos. Ya has de considerar cuánto puedo agradecerte que esa carta que te incluyo para los míos llegue á sus manos pronto y segura.

A esa Angelina[3] cariñosa, a esos amigos leales y buenos, que reciban la expresión de mis más puros afectos.

Te quiere tu viejo amigo,

 

  1. GÓMEZ.[4]

 

Al cerrar esta, enemigo próximo y mando gente a tirotearlo.

Patria, Nueva York, 13 de mayo de 1895, no. 161, p. 1.

 

Notas:

[1] Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915). Nació en La Habana en 1868 y murió en Berlín en 1915. A los nueve años de edad, se trasladó con su familia a Nueva York. Desde muy joven se vinculó a José Martí, de quien fue cercano colaborador y discípulo, al punto de considerarlo “mi hijo espiritual”, “bueno y magno” y “un hombre a quien puede uno apretar sobre su corazón” (EJM, tt. 5 y 3, pp. 39 y 62, y 47, respectivamente). En 1888 se recibió de Bachiller en Ciencias y tres años después se graduó de abogado en la Universidad de Nueva York, para luego seguir estudios de ingeniería en la Universidad de Columbia, también en Nueva York. Viajó por Argentina y otros países latinoamericanos, y fue cónsul en Filadelfia de la nación del Plata, así como secretario de su delegación a la Conferencia Internacional Americana de Washington. Posteriormente renunció al consulado para dedicarse a las actividades revolucionarias. Fue secretario de Martí y formó parte del consejo de redacción del periódico Patria. Se casó en 1892 con Angelina Miranda Govín, boda en la que fueron testigos Martí y Benjamín Guerra. En Washington actuó como Encargado de Negocios de la República en Armas, y en 1898 fue nombrado delegado a la Asamblea de Santa Cruz del Sur por el Sexto Cuerpo del Ejército Libertador. Viajó a París como representante de Cuba a la Exposición Universal de 1900, designado por el gobierno interventor nortea­mericano. Fue miembro de la Asamblea Constituyente de 1901. Su nombramiento como ministro plenipotenciario de Cuba en Washington no le permitió ocupar el cargo de representante a la Cámara para el que había sido electo. En el país del Norte defendió la soberanía cubana sobre Isla de Pinos. Fue miembro de las delegacio­nes cubanas a las Tercera y Cuarta Conferencias Internacionales Americanas (Río de Janeiro, 1906, y Buenos Aires, 1910), y a la Conferencia Internacional de la Paz (La Haya, 1907). Colaboró en el Boletín Internacional de las repúblicas americanas, North American Review, Outlook. Publicó Patriotismo (1893), antología de cuentos de guerra traducidos del francés. Con Henry O. Northrop escribió America’s Battle for Cuba’s Freedom, reeditada bajo el título de The War in Cuba. Un fragmento de Mi primera ofrenda apareció en inglés bajo el título de The Chinese and Cuban Independence. Su Arbitration in Latin America se publicó en español con el título de La América Latina y el arbitraje internacional. Fue el primer compilador y editor de las Obras completas de Martí, labor culminada después de su muerte en 1919, cumpliendo así el mandato como albacea literario que le otorgara Martí. En cartas a Eduardo Hidalgo-Gato y a José Dolores Poyo lo consideraba “como hijo íntimo mío, más que el mío propio, porque más me acompaña y ayuda”, que “me ha dado siempre, y hoy más que nunca, en estos días de deber y de honor,—pruebas de las más raras virtudes, modestia, lealtad, entusiasmo, desinterés, abnegación”. (EJM, t. 5, pp. 49 y 48, respectivamente). Al morir desempeñaba el cargo de ministro de Cuba en Alemania. Su correspondencia con Martí fue publicada póstumamente por su hijo, Gonzalo de Quesada y Miranda, quien continuó su labor de atesoramiento y publicación de la obra martiana, y cuyo archivo constituye el acervo fundamental de la documentación existente en los fondos del Centro de Estudios Martianos. Véase el ensayo de Osmar Sánchez Aguilera: “Gonzalo de Quesada y Aróstegui, del secretario político al albacea literario”, en Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2015, no. 38, pp. 50-59. (Tomado de Testamentos. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 36). (Nota biográfica modificada por el E. del SW).

[2] El 14 y el 21 de abril de 1895, Máximo Gómez anota en su Diario de Campaña: “El camino es difícil, trepamos por montañas largas y empinadísimas; la marcha es terriblemente fatigosa y cargados como vamos todos, caminamos a puros esfuerzos. / Nos admiramos, los viejos guerreros acostumbrados a estas rudezas, de la resistencia de Martí— que nos acompaña sin flojeras de ninguna especie, por estas escarpadísimas montañas”.

“Las marchas desde el día 11 que nos desembarcamos han sido tan fatigosas como lo explica la serie de montañas que hemos dejado detrás, caminando siempre por caminos extraviados. […].

Martí, al que suponíamos más débil por lo poco acostumbrado a las fatigas de estas marchas, sigue fuerte y sin miedo”. (Máximo Gómez: Diario de Campaña, La Habana, Instituto del Libro, 1969, pp. 368-369 y 370, respectivamente).

En Martí a flor de labios (1991), un libro que Cintio Vitier califica de “suceso prodigioso”, que recoge el testimonio de “los niños que conocieron a Martí cuando pasaba por la pobreza y la pureza de sus vidas […], caminando los montes de Baracoa hacia la muerte”, Froilán Escobar anota:

“Y Martí lo resistió. Nosotros arrancamos a cruzar las leguas cuando el sol estaba más bellaco, en su meridiano […] no encuentras ni un algo de sombra que te ampare. Martí cogió un viso amarillo, de muerto, que yo lo vi que se puso de muy mal color, pero atrás del paso de Gómez, ahí, sin faltarle. Se volvió más enjillaíto de lo que era, pero ahí y ahí, sin parar. No se desapareaba. Aguantaba los martirios de las espinas y la apretazón de la sed como cualquier cacique de aquí, callado, siempre en los bordes del silencio. Después, cuando llegamos, saboreaba lo dulce del agua. Que hasta se metió con ropa y todo en el río para quitarse bien el insulto del sol que traía […] Parecía jugar con su alegría”. (Froilán Escobar: Martí a flor de labios, La Habana, Ediciones Abril, 2009, pp. 45-46).

“De algunas cosas me va quedando el borrón. / Martí sí te lo saco dándose estirones para aliviarse la espalda, que parece que la traía mortificada por la carga […] que se echó arriba. Mi tía creo le friccionó con aceite de coco un hombro donde tenía trozado el pellejo por los ariques de arrear el jolongo”. (Ibíd., pp. 64-65).

“Conforme se dice, Martí venía con un lote grande de lastimaduras, parado muy derecho en sus polainas, sin comulgar ningún gesto que dijera que le dolía”. (Ibíd., p. 70).

“Venían perseguidos por los españoles […] y ellos tuvieron que huirse y romper muchos charrascos de jatía y cardón —que nada más de tocarlos te espinas— antes de trepar la Yaya, que es loma bronca y sin banqueo. Atravesaron un peladero. ¡Y dígalo! Por ahí es tanto el sol que los ríos se esconden y llegan a la mar sin agua. Usted ve, único, el cascajal de piedra. Da grima el redor. No hay mucho volar de pajarito, ni acontece presencia de bichos, como no sean los caguayos y algún que otra mariposa. […] Los árboles, por la tanta sed, tienen que aprender a comerse el rocío, porque nunca llueve. […] Martí tuvo que resistir ese trayecto. Se portó hombre, a pesar de las lastimaduras de los pies. Hubo de abacorárselos porción de veces con tiras de trapo para tapar los furos de las ampollas. Él traía maldito un tobillo […], fea la carne botada para afuera, sin sabérsele sanar por causa del grillete de la cárcel. […] Pero de ninguna pena se quejaba. No decía ningún hablar de otra cosa que no fueran sus alborozuras. Tenía regocijo de estar donde estaba, de toparse aquí, en este pobrerío, con la flor dada en la gente. Es la que vale. Hay quienes son cortos para vivir y no se esparcen para los costados. No se dan cuenta del encontrar de Martí. Él, sí”. (Ibíd., pp. 95-96).

“Al otro día, bien tempranito, arrancamos […]. Lo malo del tramo era que no había agua. La poca que traíamos la cargábamos en güiros, que no alcanza nunca para domar la sed. […] Martí caminaba resistiendo, casi sin hablar, pendiente único, puede decirse, del lugar donde albergaba el pie […]. Martí no era un hombre muy fuerte que digamos, lo que sí de mucha vergüenza. Ya yo no veo, pero yo lo vi en aquellas dificultades. Él decía: ‘Si yo muero aquí, me entierran en un derrisco de esos, porque yo soy de aquí, de la montaña’. Para él, aunque le dieran calenturas amarillas, todo el monte era lindo. Óigame, y mira que pasamos trabajos. Yo a veces miraba lo que él miraba bonito, pero no se lo veía. Así que fíjate quien es Martí, que hasta a mirar nos enseñó”. (Ibíd., p. 116).

[3] Angelina Miranda Govín (1872-1932). Nació en La Habana, el 22 de abril de 1872. Colaboradora de la causa independentista cubana desde la emigración. Cuando Angelina era una niña, sus padres emigraron a Nueva York. En esa ciudad recibió una magnífica educación y conoció años después a Gonzalo de Quesada y Aróstegui, entre ambos surgió una corriente de simpatía que los unió en un feliz noviazgo el cual culminó en matrimonio. Colaboró con su esposo y con José Martí como una “obrera caritativa” (Patria, no. 45, p. 3), en las tareas unificadoras de la emigración, principalmente, en acopiar artículos para la venta en los bazares organizados por las cubanas, cuya recaudación era destinada a la Tesorería del Partido Revolucionario Cubano (PRC). En 1895, en unión de otras damas, fundó el club Hijas de Cuba, y fue elegida su presidenta. Terminada la Guerra de Independencia, regresó a La Habana para establecerse definitivamente, donde falleció el 7 de mayo de 1932. —Decía José Martí: “Del corazón piadoso y levantado de su madre tiene Angelina la dulzura verdadera que le gana, y hace suyas, las voluntades más reacias”. (OC, t. 5, p. 355). (Tomado de Luis García Pascual: Entorno Martiano, La Habana, Ediciones Abril, 2003, pp. 173-174. (Nota modificada por el E. del SW).

[4] Máximo Gómez Báez; el Generalísimo (1836-1905). Generalísimo del Ejército Libertador de Cuba. Nació en Santo Domingo, se hizo militar y estuvo al servicio del ejército colonial. Al triunfo de la revolución restauradora en su país, llegó a Cuba como comandante del ejército español. Renunció al servicio de las armas coloniales y se estableció en Bayamo. Incorporado a la Guerra de los Diez Años, ocupó altas responsabilidades militares que incluyeron la Secretaría de la Guerra. Tras el Pacto del Zanjón, vivió fuera de la Isla y organizó un movimiento patriótico en 1884, el plan San Pedro Sula, fracasado en 1886. En esa época conoció a José Martí. Años más tarde, durante los preparati­vos para la Guerra de Independencia, fue invitado por Martí a participar en ellos; y, elegido General en Jefe del Ejército Libertador, su actividad resultó decisiva en la organización de la contienda. En numerosas cartas y en su Diario de campaña, Gómez dejó testimonio del respeto y de la admiración que sintió hacia Martí —que llegaron a convertirse en plena identificación humana y revolucionaria, después de salvadas incomprensiones y tropiezos—, y de su conciencia del vacío que la muerte de este, recién iniciada la Guerra del 95, había dejado en la dirección política de la revolución. —Con el título de “El general Gómez”, Martí publicó un artículo sobre él en Patria, el 26 de agosto de 1893, no. 76, pp. 2-3 (OC, t. 4, pp. 445-451), para encumbrar la memoria del “guerrero incapaz de mancillar con el interés la grandeza excepcional de su corazón”. (Patria, no. 34, p. 3). El 10 de abril de 1894 al tiempo que saludaba al General a su llegada a Nueva York con su hijo Panchito, conminaba a los cubanos revolucionarios: “Amemos al americano pensador, al guerrero generoso, al tierno padre”. (Patria, no. 107, p. 1). En el número siguiente de Patria, se reseñaba brevemente su discurso pronunciado en ocasión del 10 de Abril, para dejar explícita la gran admiración que le profesaba al Generalísimo: “Este hombre, que no nació en Cuba, a quien conoce y admira todo el continente americano, que ha hacinado tantos laureles sobre su frente que habría con ellos para dar prestigio a muchos héroes; este hombre, que ya es inmortal, y que podría descansar satisfecho de su obra, abandona su comodidad presente, deja una familia que le rinde culto de adoración, y que es como premio digno de sus virtudes, se lanza al mar y viene a nosotros con todo el ímpetu de sus pasadas proezas, dispuesto a proseguir en su propósito nobilísimo de completar la democracia americana. Este hombre, ¡ah, cubanos! merece toda nuestra veneración, y ante él yo me reconozco pequeño, y no puedo hablar sino para saludarlo con la efusión de hijo agradecido”. (Patria, no. 108, p. 3). En carta a su amigo, el general Serafín Sánchez, le confesaba: “He visto al General grande y bueno, y digno de su obra, y yo no me le apego con el regaño interior de la conveniencia pública, que protesta y sonríe, sino con tierno y largo cariño. Lo he visto hasta lo hondo, y no he hallado más que grandeza”. (EJM, t. IV, p. 117). Véanse las notas biográficas dedicadas a Máximo Gómez en OCEC, tt. 1 y 5, pp. 300-301 y 336-338, respectivamente). (Tomado de OCEC, tt. 27 y 5, pp. 269 y 338). (Texto modificado por el E. del SW).