Al coronel Fernando Figueredo, 9 de febrero de 1892

New York, 9 de febrero de 1892.

 

Señor Fernando Figueredo.

Mi amigo y distinguidísimo paisano:

 

De las muy estimables manos de Vd. acabo de recibir el acta de la junta en que los generosos emigrados de Cayo Hueso nombraron a los Señores Teodoro Pérez y Ramón Dobarganes para procurar en La Habana la terminación o suspensión del incidente provocado por la carta que publicó sobre mí[1] el Señor Enrique Collazo,[2] con la firma de tres cubanos más,—el acta donde los Señores Teodoro Pérez y Ramón Dobarganes recibieron de los firmantes de la carta el acuerdo de acceder a la petición formulada en nombre de la emigración de Cayo Hueso,—y el informe de los trabajos precedentes al envío de la comisión y del resultado de esta, que componen el acta última en que se acordó “enviarme copia de todo lo actuado, solicitar mi concurso hacia el noble fin que esa emigración se ha propuesto, y mostrar el deseo de que cuanto antes diera mi parecer” sobre este asunto.—Y mi parecer es uno: que los cubanos somos dignos de la libertad, por el cuidado con que la fundamos y defendemos, venga de dondequiera el peligro para su fundación o su victoria,—por el empuje unánime, y nada menos que amoroso, con que juntamos los corazones en la hora de la prueba,—y porque la viveza con que resentimos lo que puede ofender nuestra persona, cede ante la obligación de trabajar unidos en la defensa de la libertad.—Yo estimo como debo, y sin que quede más que agradecimiento y cariño en mi corazón, la iniciativa de esa emigración, que tiene en su virtud probada la fuerza vigilante que ha de constituir y salvar nuestra República,—el patriotismo levantado y discreto con que los señores comisionados cumplieron con su encargo,—y la determinación de los compatriotas míos que suscribieron la carta.—Y al aplaudir en esa emigración lo que, puesto en el caso de ella, habría yo mismo hecho con quienes estuvieran por razones públicas donde estaban dos hombres que han servido, y anhelan continuar sirviendo, a su país,—ni intentaré siquiera expresar el respeto que la nobleza y sensatez de esa emigración me inspira, y el orgullo que siento en ser cubano.

Lo que casi me ofende,—¡como si algo que viniera de tan buenos amigos me pudiera ofender!,—es que se creyera por un instante necesario solicitar mi concurso para la terminación de este incidente enojoso. La pluma con que contesté a las apreciaciones que lo provocaron se lamentaba de su misma justicia al razonar contra un cubano que se expuso mil veces a morir por su país; y se dolía mi corazón profundamente de lo que me mandaban escribir el interés público y la dignidad.[3] Ni la victoria más querida ha de comprarse a costa del menoscabo de otro hombre; y el inefable sentimiento que en todo lo de mi patria me mueve y domina, solo me permitió ver, en la ofensa que no podía llegar hasta mí, los elementos de desunión política que urge convertir a la verdad de la patria en estos días de divino entusiasmo. Lo que rechacé no fue la ofensa, sino el peligro. Lo que me dolió no era la agresión singular, sino el miedo de que en la hora suprema puedan desconocerse y recaer en errores mortales los que la naturaleza y la historia dispuso para ir mano a mano por los mismos caminos. Cuanto me amenaza a la patria me pone a temblar; y solo gozo con lo que la honra y asegura.—Y si cerré mi respuesta con un convite inevitable, no fue por alarde odioso, ni por ira que no me es dable sentir, sino porque en campaña es indispensable el valor, y queda inútil en campaña el hombre a quien se supone falto de él.

Por mi país, por mi país levanté la agresión,—la agresión que ya tengo olvidada, y no me causó más pena que la de que fuera autor de ella un hijo de mi misma madre. No están los tiempos, que se hinchan y desbordan por sí solos, para callar cobardemente ante la malicia que el ojo experto ve serpear y crecer por la oscuridad; ni para dejarnos turbar el noble corazón por preocupaciones ya injustas; ni para apadrinar un delito sutil y continuo contra aquella hermandad santa y adorable en que junta a los hombres la pelea diaria contra la tiranía y contra la muerte;—ni para andar separando manos, a la hora en que toda prisa es poca para juntarlas. A todos los que amamos de veras a nuestro país nos ha de confundir, y nos confunde, un mismo abrazo; y el mayor de los criminales sería ahora en Cuba quien pretendiese, con el encono de la preocupación o el disimulo de la intriga, prescindir de uno solo de los elementos que la historia de ayer, llena de sobrevivientes ilustres, y la historia de mañana, llena de compañeros desconocidos, pueden allegar para la creación en nuestra tierra de un pueblo feliz y libre.

Yo, con mis modos de sigilo—porque lo que importa es hacer, aunque no se vea quién haga—me he dado entero a esta tarea de unión, y he de morir en ella: solo sus enemigos lo son míos. Por eso, al día siguiente de la capitulación que censuraban otros, comencé a mover, en el suelo mismo de Cuba, la guerra con los capitulados: por eso me senté, dos años después del Zanjón,[4] a presidir la junta de guerra en que un capitulado había venido haciendo de Secretario;[5] por eso autoricé sin miedo la capitulación del último jefe de la guerra de 1880,[6] de un jefe a quien, por su genio militar y su alma cívica, quiero como a un hermano;[7] por eso, apenas se desvaneció, por su desorden interior, aquella tentativa, porque no hubo modo de ordenarla, convidé a los caudillos de la capitulación a ir combinando desde entonces todas las fuerzas allegadas para una guerra fuerte, breve y republicana; por eso, desdeñando una presidencia honrosa y pacífica, me puse a la obra, como entendí yo que era útil, con los jefes capitulados que intentaron renovar la guerra; por eso, no bien murieron aquellas esperanzas, aproveché la primera ocasión para pensar junto con ellos el modo de ir poniéndole alma segura a la pelea; por eso creí censurable que un compatriota mío comentara con brusquedad y equivocación un acto de vigilancia motivado en días en que todas las caras han de estar al sol, y se ha de ver por dónde están todas las manos; por eso amo con todos los cariños a los que sacaron el pecho en defensa de mi país, y censuro públicamente a los que lo calumnian y deshonran. Su gloria es mía, y yo vivo para mantener y perpetuar su gloria. Y la patria es de todos, y es justo y necesario que no se niegue en ella asiento a ninguna virtud.

Y es favor de la fortuna que aquel a quien dirijo estas líneas, y envainó la espada sin rendir el corazón, pueda entender, por la consagración de su propia vida, cómo el amor vehemente a la patria para quien vivimos, no me permite ver en este incidente lo que para otro, que no para mí, pudiera tener de personal; sino la revelación de aquella alma unánime de los hijos de Cuba que con afán filial he perseguido, y que en la intervención de los emigrados, y en el acatamiento de los firmantes, reconozco y saludo.—Y si una ofensa a mí fue el precio a que se había de comprar la prueba pública de esta disposición de nuestros corazones, no lamenta la ofensa útil, sino que la bendice,—al enviarse agradecido a ese pueblo donde se ha ensayado en la prudencia y el amor, la patria venidera.—

 

Su amigo, su hermano,

 

José Martí

 

[OC, t. 1, pp. 301-304. Cotejada con el manuscrito original].

 

Tomado de José Martí: Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Plá, prólogo de Juan Marinello, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. III, pp. 39-42.

 

 

Notas:

[1] Véase la carta del comandante Enrique Collazo fechada en La Habana, el 6 de enero de 1892. (DJM,

  1. 270-272).

 

[2] Comandante Enrique Collazo Tejada (1848-1921).

 

[3] Véase la carta de Martí al comandante Enrique Collazo fechada en Nueva York, el 13 de enero de 1892. (EJM, t. III, pp. 8-13).

 

[4] Pacto o Convenio del Zanjón. Son los acuerdos o proposiciones de paz firmados el 10 de febrero de 1878, para poner fin a la Guerra de los Diez Años (1868-1878), en el cuartel español de San Agustí­n del Zanjón, en el actual Camagüey, del cual adopta su denominación. El Pacto, que sirvió a España para asesinar “la revolución en Cuba” (OC, t. 3, p. 355) estaba suscrito por una parte de los dirigentes políticos y militares cubanos, sin que contemplara la independencia del país y la abolición de la esclavitud. Fue aceptado por la mayoría de los cubanos en armas, con excepción de unos cientos de jefes, oficiales y soldados, entre los que sobresalió el mayor general Antonio Maceo, con su ejemplar Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1878, que devino en un símbolo del espíritu de rebeldía del pueblo cubano.

 

[5] Mayor general Carlos Roloff Mialowsky (1842-1907).

 

[6] Se refiere a la llamada Guerra Chiquita.

 

[7] Se trata del coronel Emilio Núñez Rodríguez (1855-1922). Véase la carta de Martí fechada en Nueva York, el 13 de octubre de 1880. (OCEC, t. 6, pp. 222-225).