A Emilio Núñez, 13 de octubre de 1880

 

  1. York, 13 de octubre.—[1880]

Sr. Emilio Núñez.—[1]

 

Mi bravo y noble amigo.—

 

Recibo su carta de setiembre 20:[2]—¿qué más reposo quiere V. para su alma—ni qué mayor derecho a la estimación del censor más rudo—que haberla escrito a esas fechas, en el campamento de los Egidos?

Me pide V. un consejo—y yo no rehúyo la responsabilidad que en dárselo me quepa. —Creo que es estéril—para V. y para nuestra tierra—la permanencia de V. y sus compañeros en el campo de batalla.—No me hubiera V. preguntado, y ya,—movido a ira por la soledad criminal en que el país deja a sus defensores, y a amor y respeto por su generoso sacrificio—me preparaba a rogarles que ahorrasen sus vidas, absolutamente inútiles hoy para la patria en cuyo honor a ofrecen.—

No digo a V.,—a pesar del respeto que el conducto de esta carta me merece—todo lo que sobre la situación de nuestra tierra se me ocurre, porque ojos indiscretos y ávidos pudieran sacar de ello provecho.—Pero, cualesquiera que fuesen los recursos con que aún pudiéramos contar los revolucionarios, y la importancia de las excitaciones que aún se nos hacen, y la posibilidad de mantener a la Isla, con gravísimo daño del gobierno en estado de guerra permanente—no pienso por mi parte que nos sea lícita, ni útil, ni honrosa esta tenaz, campaña. Hombres como V. y como yo hemos de querer para nuestra tierra una redención radical y solemne; impuesta, si es necesario, y si es posible—hoy, mañana, y siempre, por la fuerza—pero inspirada en propósitos grandiosos, suficientes a reconstruir el país que nos preparamos a destruir.—Si todos los jefes de la Revolución no hallaron en los dos años pasados, manera de trabajar de acuerdo vigorosamente; si en pleno movimiento revolucionario, y durante un año de guerra, no fue este acuerdo logrado—no es natural suponer que ahora hubiera de lograrse, dominada de nuevo la guerra, presos o muertos sus mejores jefes, aislados y pobres todos.—Con lo que vendríamos, llevando a la Isla un nuevo caudillo, a hacer una guerra mezquina y personal,—potente para resistir, más no para vencer,—manchada probablemente de deseos impuros,—estorbada por los celos,—indigna, en suma, de los que piensan y obran rectamente. Lo que el Gral. V. García[3] pudiera hacer hoy—pudo ser hecho antes de ahora—y si entonces, por celos, o por flaquezas de la voluntad, o remordimiento—o falta de medios—que todo puede ser—no lo hizo—no es natural que intentara hacerlo hoy—aunque quisiera hacerlo.—La guerra así reanudada no respondería a las necesidades urgentes y a los problemas graves y generales que afligen a Cuba.—He ahí por qué no acudo a él—ni aconsejo a V. que espere, como pudiera aconsejarle,—a que tuviera de vuelta su respuesta.[4]

Nuestra misma honra,—y nuestra causa misma, exigen que abandonemos el campo de la lucha armada.—No merecemos ser, ni hemos de ser tenidos por revolucionarios de oficio, por espíritus turbulentos y ciegos, por hombres empedernidos y vulgares, capaces de sacrificar vidas nobles al sostenimiento de un propósito cuyo triunfo—único honrado en Cuba—no es ahora probable.—Un puñado de hombres, empujado por un pueblo, logra lo que logró Bolívar;[5]—lo que, España, y el azar mediante, lograremos nosotros. Pero, abandonados por un pueblo—un puñado de héroes puede llegar a parecer—a los ojos de los indiferentes y de los infames—un puñado de bandidos.

—Aconséjenle a V. otros, por vanidad culpable, que se sostenga en campo de batalla al que no tenemos hoy la voluntad ni la posibilidad de enviar recursos:—pretendan salvarse de la censura que por aconsejarle que se retirase del campo pudiera venirles encima:—yo, que no he de hacer acto de contrición ante el Gobierno Español, que veré salir de mi lado, sereno, a mi mujer y a mi hijo, camino de Cuba,[6]—que me echaré por tierras nuevas o me quedaré en esta, abrigado el pecho en el jirón último de la bandera de honra, pues con el calor de mi pecho puedo aún darle vida;—yo, que no he de hacer jamás ante los enemigos de nuestra patria, mérito de haber alejado del combate al último soldado, yo le aconsejo como revolucionario y como hombre que admira y envidia su energía, y como cariñoso amigo—que no permanezca inútilmente en un campo de batalla al que aquellos a quienes V. hoy defiende son impotentes para hacer llegar a V. auxilios.

Esto dicho ¿qué podré decirle yo de la manera con que lo lleve V. a cabo? De ser V. solo el que combate—yo le diría que buscase medios de salir de la Isla: pero V. no ha de querer dejar abandonados a los que tan bravamente le acompañan.—Duro es decirlo y toda la hiel del alma se me sube a los labios al decirlo, pero si es necesario—estéril como es la lucha—indigno hoy, porque es indigno, el país, de sus últimos soldados,

— deponga V. las armas.—No las depone V. ante España—sino ante la fortuna. No se rinde V. al gobierno enemigo—sino a la suerte enemiga.—No deja V. de ser honrado: siendo el último de los vencidos, será V. el primero entre los honrados.

 

JOSÉ MARTÍ

 

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2002, t. 6, pp. 222-225.

 

 

Notas:

[1] Emilio Núñez Rodríguez (1855-1922). Militar y político cubano. Combatió en las tres guerras por la independencia de la Isla. Se incorporó en 1875 a las filas mambisas, combatió bajo el mando de los generales Henry Reeve, Carlos Roloff, Manuel Calvar y del coronel Ricardo Céspedes. Se mantuvo operando en su zona natal, Las Villas, hasta la firma del Pacto del Zanjón. En 1879 se alzó de nuevo durante la Guerra Chiquita. Fue uno de los últimos en deponer las armas, autorizado por José Martí, quien formaba parte del Comité Revolucionario que desde Nueva York impulsó la contienda. Marchó a Estados Unidos y se estableció en Filadelfia, donde se graduó de dentista. Apoyó el movimiento de 1884 liderado por Máximo Gómez y fue uno de los más eficaces colaboradores de José Martí en el Partido Revolucionario Cubano. Durante la Guerra de Independencia desempeñó la Jefatura del Departamento de Expediciones en la emigración y se le concedieron los grados de general. Fue delegado a la Convención Constituyente de 1901, gobernador de la provincia de La Habana, secretario de Agricultura y pre­sidente del Consejo Nacional de Veteranos de la Independencia. Véase la nota biográfica dedicada a Emilio Núñez Rodríguez, en OCEC, t. 6, pp. 243-244. (Tomado de OCEC, t. 27, p. 287).

 

[2] Se desconoce el destino de esta carta. (N. del E. del SW).

 

[3] Mayor general Vicente García González (1833-1886).

 

[4] Al parecer, Martí desconocía que cuando el general Vicente García supo del comienzo de la Guerra Chiquita, abandonó la cooperativa que había fundado en Río Chico, estado de Miranda, en Venezuela, junto con un grupo de soldados tuneros, y se embarcó con el batallón Cazadores de Hatuey para incorporarse al combate. Durante la travesía de La Guaira a Puerto Rico, un agente español infiltrado en el vapor intentó asesinarlo, lo cual fue impedido por su escolta, y al llegar la nave a Ponce, las autoridades españolas trataron de detenerlo, pero el capitán del barco lo impidió. Ante la tremenda vigilancia establecida por los colonialistas sobre las costas de Cuba y aguas cercanas, y teniendo noticias de que una cañonera enemiga lo esperaba en alta mar para hundir el navío, García se vio obligado a reembarcarse.

 

[5] Simón Bolívar Palacios; el Libertador (1783-1830).

 

[6] Carmen Zayas-Bazán e Hidalgo (1853-1928) y José Francisco Martí Zayas-Bazán (1878-1945) habían llegado a Nueva York en marzo de ese año, cuando Martí se encontraba en las tareas de la Guerra Chiquita. El 21 de octubre de 1880 la esposa partió de regreso a La Habana, llevando consigo al niño, a bordo del vapor Saratoga. Para ella, el reencuentro con su esposo no brindó cuánto esperaba; reclamó y no obtuvo de Martí que este se ocupara más del hogar y de su hijo que de las cuestiones políticas al servicio de Cuba, al tiempo que le resultaron estrechas las posibilidades económicas que él podía ofrecerles en aquellas circunstancias.