El nuevo sello martiano

“La cosa más pequeña”, decía Martí,[1] “adquiere valor sumo, como símbolo de tiempo”. Si, como añadía, “el espíritu de los hombres […] se refleja” en todo lo que hacen “para el adorno o para el uso”,[2] podríamos agregar que no por pequeño, o por modesto, es menos significativo el propósito de hacer llegar hasta el menor de los objetos de uso familiar o diario, la estremecedora resonancia que ha tenido en todos los ámbitos del país, de la escuela al taller, de las páginas estudiosas del libro a las palpitantes de los diarios, de las organizaciones culturales a las políticas, de los más altos niveles de la dirección del país a

los más humildes, el aniversario del nacimiento del más amado de los cubanos. No es menos significativo que escogieran, hace treinta años, honrarlo dignamente, con actos más que con palabras, los heroicos jóvenes de la bien llamada generación del Centenario.

¿A qué cubano no conmueve mirar la decorosa pobreza de la casa donde vio la luz por primera vez su hijo mayor? La hermosa edición de este nuevo sello martiano no se ha limitado a fijar un recordatorio, sino a hacerlo con una doble imagen que parece fundir el nacimiento de una nueva vida y el cuidado del arte, al reproducir, junto a su casa natal, el único óleo que se le hiciera en vida a Martí, el de su amigo sueco, el pintor Herman

Norrman.[3] Rinden así con esa doble imagen los compañeros del Ministerio de Comunicaciones, a los que debemos agradecer esta iniciativa, justo tributo al que

dijo: “La verdad quiere arte”,[4] como lo quiere la política; al que no creyó posible la perdurabilidad de obra alguna, pequeña o grande, sin ese perfecto ajuste de contenido y forma por el que dijo haber preparado la guerra “como una obra de arte”;[5] al que no le pareció jamás la belleza cosa adjetiva, sino que no cejó hasta dar a la guerra, desde la

raíz, forma de república, al punto de afirmar en relampagueante carta: “Démonos forma, y a la arremetida”.[6]

No dejó de advertir la influencia que los objetos que vemos a diario pueden ejercer sobre nuestra vida. “Un objeto feo”, decía, “me duele como una herida”.[7] Si la cultura de un pueblo se refleja en todo lo que hace o transforman sus manos, si va desde la cocción de los alimentos nativos a la forma de decorar una vasija, es también hacer cultura cuidar que ni el más pequeño objeto de uso diario deje de contribuir a la formación, y no a la deformación,

artística del gusto popular.

Nada más de acuerdo, entonces, con esta exigencia martiana que se revela en el cuidado exquisito que, en medio de las más urgentes tareas revolucionarias, dedicó al menor detalle, que este sello en que se ha escogido para recordar un hecho histórico de tamaña magnitud, las imágenes conjuntas de la casa natal y del cuadro artístico de Norrman.

¿Cómo se conocieron este delicado y austero pintor sueco y nuestro José Martí?

En José Martí y el artista Norrman. Comentarios sobre un retrato (Madrid, Ínsula, 1958), Nils Hedberg, compatriota del pintor, nos cuenta algo de la existencia original de este artista, más joven que Martí —pues nació en 1864—, pero que solo vivió, como

él, cuarenta y dos años. Nacido en un pequeño pueblo smolandés, hijo de una familia de curtidores, huérfano de padre desde sus diez años, tuvo que ganarse la vida en

humildes oficios de carpintero y ayudante de un taller de pintura, hasta que alrededor de sus diecisiete años, logra ir a la capital, donde trabaja duramente de día y estudia de noche, durmiendo a veces en casa amiga o en pleno campo raso, pero sin descuidar jamás la mesada con que ayudaba a su madre. Con un camarada y joven artista, decide ir a Nueva York: en 1887 abandonan Dinamarca, y como simples marineros, se enrolan en un barco con destino a “la ciudad grande”. Es allí donde Norrman conoce a Martí. Blanca Z. Baralt,[8] en el deleitoso libro El Martí que yo conocí, nos cuenta:

 

Norrman tenía su estudio en la calle 14, con su cuñado Federico Edelmann[9] y el artista

peruano Patricio Gimeno,[10] ambos muy amigos de Martí. Tanto había oído hablar a sus

colegas del talentoso cubano que quiso conocerlo, y Edelmann lo lleva un día a la oficina de Front Street. El noruego se entusiasmó con la charla de Martí, se pasmó de admiración ante su conocimiento de los pintores escandinavos y con sus atinadas observaciones sobre cosas de arte, cayó como tantos otros, bajo el hechizo de su palabra y quiso retratarlo.

 

Pero Norrman, como precisa Hedberg, era, como sueco, hombre de pocas palabras: tuvieron que comunicarse en inglés, idioma que Martí conocía a la perfección pero que él no dominaba del todo, lo que hace pensar que más que el hechizo de su palabra, la incuestionable sorpresa por sus pasmosos conocimientos de arte, le impresionaron el carácter, el temple, a un tiempo de acero y seda, de su alma, ya que es ello lo que resalta en su notable retrato. En él, Martí, como observa agudamente Hedberg, no aparece, como es común en estos retratos de escritorio, arrellanado en su sillón, en pose magisterial, sino con el desasosiego frenado del que está al borde de realizar una acción mayor. “La crispada actitud de esa mano izquierda”, como nos dice, da la impresión de estar al borde de la silla, a punto de ponerse en pie y echar a andar de un lado a otro de la estancia, “cual un tigre atrapado”, precisa. Es curioso que, a través del retrato, haya podido captar con esta curiosa

imagen, que desde luego no quiere dar idea de fiereza, sino de grandeza acorralada, aquel estado de ánimo que tantas veces, en sus cartas a Mercado,[11] Martí confesó sentir en Nueva York —ya cuando el propósito de la compra de Cuba, de la anexión de la isla, de la Conferencia Internacional Americana del 89—, y que lo llevó a compararse con “una cierva, despedazada por las mordidas de los perros”.[12] No menos notable es que se haya fijado, contando solo con los datos del cuadro, en la contradicción entre la parte inferior del mismo, esa crispatura de la mano fina y nerviosa sosteniendo la pluma, y la serena

majestad —en la que no deja de observar un matiz sonriente— de los ojos penetrantes y dulcísimos.

El retrato de Norrman revelaba, sin dramatismos innecesarios, su sobria y sencilla grandeza. Y que el entendimiento entre dos seres tan distintos, y de tan escaso trato, fue más bien de tipo intuitivo. Norrman nos dice su biógrafo que era también “íntegro y

cumplidor, serio, veraz, sincero”, a la vez un trabajador y un artista, y ‘no conocía vanidad’. Debió apreciar en Martí sus propias cualidades, llevadas a un grado superior de conocimiento y de entrega, y un sentido del servicio humano que, sin duda, le dejaron

una impresión imborrable, pues al saber su muerte, comentó: “Martí fue el hombre más inteligente que jamás he encontrado”. Y nos aporta su biógrafo un dato que a nosotros nos parece que puede tener alguna relación con su conocimiento, y es que el artista, después de una breve estancia en París, decidió volver para siempre al amado y agreste rincón de su Smolandia natal, donde se casó y tuvo un hijo, dejando atrás el ajetreo de las capitales y la bohemia artística para volver al “manso bullicio” de los montes y riberas patrias, para trabajar y pintar, arraigado en su tierra, donde lo recuerdan sus amigos cuando ya, cayendo la noche, volvía de su taller de carpintero a recoger en sus lienzos, retratos y paisajes, la luz

de fuego del crepúsculo.

El retrato de Martí se cree fue pintado en el 91, posiblemente en enero, pues ya en febrero partiría el pintor de Nueva York, después de su breve estancia en París, hacia su tierra natal, y Martí, a prepararse para redimir la suya, ya que al año siguiente empezarían

las tareas definitivas de organización de la guerra, la fundación de Patria y del Partido Revolucionario Cubano. El retrato de Martí por Norrman presenta esos toques impresionistas característicos de la primera etapa de su pintura. Pero observan los conocedores de ella, un curioso cambio, en los últimos diez años de su vida, un acercamiento mayor a la aspereza de las texturas, a una pincelada deliberadamente

más gruesa, que lo acerca a los tonos rojizos y cobre de la tierra rugosa, sin abandonar la íntima luminosidad que parece envolver, como una atmósfera, el cuadro que hizo de Martí. ¿Hasta qué punto influyó Martí en este cambio de vida y arte? Su propio biógrafo cree ver una relación entre la costumbre que adoptó Norrman de robar a su trabajo de creación y bien ganado reposo nocturno, unas horas, para enseñar arte y cosas útiles a los jóvenes de su comarca, un posible eco del ejemplo de Martí, que dedicaba una noche a la semana a enseñar gratuitamente a los cubanos y puertorriqueños pobres, a los obreros de color, en la sociedad La Liga de Nueva York. Es posible. No sería la primera ver que un breve contacto con Martí transformase la vida de un hombre, como sus pocos años de vida bastaron para transformar la de un pueblo.

Cuando se nos pidió que dijéramos unas palabras para acompañar la cancelación de este nuevo sello martiano —y ya sabemos el primor con que la Revolución ha procurado que estos sellos sean artísticos, cómo podría contarse la vida del país, viendo estas colecciones en que no faltan el evento deportivo ni el cultural, las flores, las mariposas, los pájaros cubanos, ni el rostro de los héroes y los mártires de la patria—, me asaltó la memoria de

un contraste doloroso, de algo que nos conmovió muy especialmente. Revisando los microfilmes de la Revista Universal de México y otros periódicos, en búsqueda de textos inéditos de Martí, me sorprendió hallar un suelto que me detuvo enseguida: en una lista de cartas que anunciaba el Correo que se hallaban detenidas por falta de franqueo suficiente,

figuraba este nombre: “Mariano Martí”. Tuvimos, de pronto, la vivencia de la estremecedora pobreza de su familia. Con una mezcla de pena, de indecible respeto, leímos el nombre del que no alcanzó su gloria: de su padre,[13] “el soldado”; de su padre, “el obrero”.[14] Ya poco antes de la llegada de Martí a México en febrero del 75, donde la familia lo aguardaba con ansiedad, había aparecido un suelto en el periódico La Iberia, en que un español a quien debemos por ello un recuerdo de gratitud, Anselmo de la Portilla, pedía abrir una suscripción pública para el socorro de “la familia del Sr. Martí”. ¿Quién hubiera podido decirle a aquel modesto trabajador español, que fue empobreciendo su escasa fortuna por llevar “la honradez en la médula”[15] de los huesos, que un día serían guardadas las cartas, los manuscritos, las fotografías, de aquel al que no alcanzó la vida para cuidar a los suyos, “con mimo y con orgullo”,[16] en una casa como esta, de amplios y espaciosos portales, fabricada por los años en que él, que nunca tuvo casa propia, fundaba en el destierro Patria y el Partido Revolucionario Cubano? ¿Quién iba a decirle a aquella familia, cuyos recursos no alcanzaron a veces para completar el franqueo de una carta, que hoy se une, a la celebración de todo el país, la edición de este sello conmemorativo en que se recuerda aquella otra humildísima en que hace 130 años tuvo lugar el nacimiento de su hijo mayor? Sí, todo objeto, por pequeño que sea, es símbolo de tiempo. Hacemos bien, compañeros, en reunirnos hoy para festejar este cambio de los tiempos, y con este sencillo acto, su fecundo, su perenne nacimiento.

 

FINA GARCÍA-MARRUZ

 

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1983, no. 6, pp. 322-326.

 

 

Notas:

[1] José Julián Martí Pérez (1853-1895).

 

[2] José Martí: “Los abanicos de la Exhibición Bartholdi”, La América, Nueva York, en Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2000-2018 (tt. 1-28), (obra en curso), t. 17, p. 143. [En lo sucesivo, JM y OCEC].

 

[3] Herman Norrman (1864-1906). Pintor sueco. Nació en Tranas, Suecia, el 5 de agosto de 1864. Es autor de varias obras muy apreciables por la brillantez y el colorido, especialmente paisajes campestres. Residía en Nueva York cuando conoció al pintor cubano Federico Edelmann, quien lo llevó a la oficina de José Martí, en 120 Front Street, para que lo conociera. Poco después allí, en su misma oficina, le hizo a Martí el único retrato pintado al natural que existe del Apóstol. Falleció en su ciudad natal, el 24 de agosto de 1906. Véase el artículo de Nydia Sarabia: “Evocación martiana de Herman Norrman”, publicado en la revista Bohemia, La Habana, 2 de noviembre de 1984, pp. 84-89 (Glosas martianas, La Habana, Editorial Pablo de la Torriente Brau, 2002, pp. 127-138). (Tomado de EM, p. 184). (Texto modificado ligeramente por el E. del SW).

 

[4] José Martí: “Cartas de Martí. Estados Unidos de América”, La Nación, Buenos Aires, 21 de octubre de 1883, OCEC, t. 19, p. 30.

 

[5] JM: “Carta a Manuel Mercado”, Nueva York, 13 de noviembre [de 1884], OCEC, t. 17,

  1. 394-395.

 

[6] JM: “Carta a Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra”, [Guantánamo] 2 de mayo [de 1895], en Epistolario, compilación, ordenación cronológica y notas de Luis García Pascual y Enrique H. Moreno Plá, prólogo de Juan Marinello, La Habana, Centro de Estudios Martianos y Editorial de Ciencias Sociales, 1993, t. V, p. 226.

 

[7] JM: “Carta a Manuel Mercado”, Nueva York, 12 de abril [de 1885], OCEC, t. 22, p. 319. En el artículo “Escuela de electricidad”, publicado en La América, Nueva York, en noviembre de 1883, Martí afirma: “Con hacer el arte industrial, y la industria artística, [se] esparce el amor por la belleza, que es mejorar hombres. Así como una habitación espaciosa invita a la majestad,—un objeto bello invita a la cultura. El alma tiene su aire:—y lo echan de sí los objetos bellos. (OCEC,

  1. 18, pp. 228-229).

 

[8] Blanche Zacharie de Baralt (1865-1947).

 

[9] Federico Edelmann y Pintó (1869-1931).

 

[10] Patricio Gimeno (1862-1940).

 

[11] Manuel Antonio Mercado de la Paz (1838-1909).

 

[12] JM: “Carta a Manuel Mercado”, [Nueva York] 22 de abril [de 1886], OCEC, t. 23, p. 188.

 

[13] Mariano Martí Navarro (1815-1887).

 

[14] JM: “Poema XLI”, Versos sencillos, Nueva York, 1891, OCEC, t. 14, p. 346.

 

[15] JM: “Carta a Amelia Martí Pérez”, [Nueva York] 28 de febrero [de 1883], OCEC, t. 17, p. 364.

 

[16] JM: “Carta a Leonor Pérez Cabrera”, [Montecristi] 25 de marzo de 1895, en Testamentos. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, p. 15.