Las montevideanas

¡Sesenta pesos han pagado en Montevideo por un asiento para oír a la Patti![1] ¡Ciento setenta y cinco mil pesos ha ganado la Patti en Buenos Aires! A esto llamarán los superficiales locura, y los observadores felicidad, porque estos tiempos son de fachada y tamaño, y nuestros pueblos necesitan dar de vez en cuando estas pruebas del vigor de sus arcas, para que los que solo viven por ellas los estimen. Tanto como el mejor ministro valen para la Argentina y el Uruguay esas noticias de lo que gastaron en la ópera de la Patti; porque por ahí miden la abundancia del dinero en aquellas tierras, y por esta abundancia los juzgan. Y es bueno que esos excesos sean reales, porque si no, no causan impresión, o se les ve lo inventado, y resulta descrédito lo que se hizo con ánimo de acreditar.

Lo último que se ha publicado sobre el viaje de la Patti a aquellos países de ombúes y payadores es un párrafo de la carta privada de Mayer, el agente, a un amigo de Nueva York, donde se muestra enamoradísimo de las montevideanas, y las describe como se va a ver, sin pensar que le íbamos a traducir aquí la carta:

 

¡Oh, las montevideanas! Yo no he visto en mi vida mujeres más lindas. Las habías de ver de noche, en el teatro, en lo que llaman aquí “la cazuela”, que es un lugar donde no pueden ir más que las señoras, debajo de la galería que acá dicen “paraíso”. A la cazuela no pueden ir hombres, ni pueden llevar sombrero las señoras. Por los asientos delanteros de cazuela cobramos seis pesos, y por todos los demás, a siéntate donde puedas, un peso cincuenta. Como a las cinco ya parece la puerta un jardín, con tanta montevideana linda, y conversan y bullean de tan buena gana que la policía, por pena tal vez de verlas allí de pie, nos obliga a abrir las puertas a las seis y media. ¡Las habías de ver salir, empujándose y riéndose, a ver cuál llega primero a los asientos de la segunda fila! Las más se quedan de pie, y oyen así toda la ópera. En la cazuela cabrán como ochocientas mujeres, y es una hermosura verlas de lejos, vestidas de colores, que hacen parecer la cazuela un arcoiris,―trigueñas todas, bellísimas trigueñas, cubiertas de brillantes. A la salida, forman a los lados de la puerta cincuenta guardias, para que la gente enamorada no se agolpe a verlas pasar, y allí las van encontrando sus padres, hermanos o maridos, que las acompañan a sus casas. ¡Estas son casas, mi amigo de Nueva York, y esta sí es vida!

 

El Economista Americano,[2] octubre de 1888.

 

Tomado del Anuario del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 1979, no. 2, pp. 27-28.

 

 

Nota:

[1] Juana María Adelina Patti (1843-1919). Cantante italiana nacida en Madrid. Proveniente de una familia de cantantes de ópera, con solo siete años ya cantaba. Realizó estudios en Nueva York con Straicosh. En 1859 hizo su debut en esa ciudad con Lucia di Lammermoor. Dos años después interpretó la Amina de La sonámbula de Vincenzo Bellini, en el Convent Garden, de Londres, donde cantó habitualmente hasta 1885. Tuvo a su cargo diversos papeles de Dinorah, en la pieza homónima de Meyerbeer, la Zerlina en Don Giovanni de Mozart, y de Rosina en El barbero de Sevilla, de Rossini, quien hizo arreglos de la música de esta pieza especialmente para ella. Se caracterizó por un diapasón muy amplio y una afición desmedida al lujo y a la riqueza.—A menudo, en crónicas y escritos varios, José Martí se refirió elogiosamente a la “cantante maravillosa, y alada mujer”, “de voz celeste y ojos andaluces” (OCEC, t. 9, pp. 126 y 115, respectivamente), “esa benéfica y armoniosa criatura, que como ave mensajera de la vida futura, echa al aire sus notas”, reconociéndola, además, como “la risueña soberana del canto, […] que da venturas y […] anuncia cielos” (OCEC, t. 17, pp. 287 y 213, respectivamente),   “con su esbeltez aérea”, que le añade “encantos angélicos; y con aquella voz sonora, límpida, amplia, que nace como manantial inmaculado de monte hondo, y crece a arroyo revoltoso, a riachuelo veloz, a río opulento, a océano”. (OCEC, t. 9, p. 126). Para terminar, exclamando: “¡Risueña y caprichosa criatura, por quien los hombres han vuelto a ser vasallos!” (OCEC, t. 17, p. 166). (Tomado de OCEC, t. 18, p. 297). (Nota modificada por el E. del SW).

 

[2] Revista mensual publicada en Nueva York, dedicada a las informaciones comerciales, industriales y políticas. Propiedad del comerciante alemán, Paul F. Philippson, sus oficinas se encontraban en el número 56 de Pine Street. José Martí escribió para El Economista Americano posiblemente desde los últimos meses de 1886 hasta diciembre de 1888 o enero de 1889, cuando la revista dejó de publicarse. (Tomado de OCEC, t. 26 y TEC, pp. 269 y 39, respectivamente).