Una novela en el “Central Park”. Inteligencia de las oropéndolas

     La América[1] suele, para reparar en el comercio de la naturaleza las fuerzas que se pierden en el de los hombres, salir a paseo por donde hay árboles coposos: y gusta de ver cómo los soles del verano disponen de igual manera al amor a los hombres y los pájaros, y cómo estos revolotean en torno de las ramas, cual las imágenes, sueltas por el aire a modo de halcones de cetrería, danzan y giran, de vuelta de sus excursiones, en torno de la frente.

Por los lugares menos concurridos del “Central Park”[2] suele pasear La América: que más le contentaría andar por selvas naturales, libres y robustas, que por jardines mondados y pulidos. Y allí tuvo ocasión de ver dos pajarillos que por su discreción se han hecho famosos.

La oropéndola[3] es ave diestra e inteligente, y esta pareja de ellas lo es mucho.

Parecía que se veía trabajar al propio pensamiento cuando se les veía hacer su nido: como la observación va cogiendo hechos, y vaciándolos en la mente, que los reúne y trenza, y da luego en idea compacta y sólida, así recogían las oropéndolas hojas fibrosas, pedúnculos y gramas, y trabajaban su nido con ellas.

Iban y venían, como copos de oro: y como el pico, mayor que la cabeza, lo tienen ancho y recio, y son diligentes y busconas, el nido iba de prisa. Pero a poco observaron que la rama de que lo habían colgado era muy débil y se venía al suelo, a punto que ya tocaba el césped: lo que da miedo singular a las aves que, espantadas acaso del tiempo en que [vi]vieron sobre la tierra, no quieren que sus hijos nazcan en ella, y se interrumpa su camino al cielo.

Aletearon y piaron querellosamente los dos pajarillos. Se paraban en otra rama, y se movían en ella. Se juntaban como para consultarse, y separadamente, como para buscar, se perdían por el ramaje espeso.—Y volvían con tristeza, como dos esposos desdichados, a posarse sobre la rama débil.—Con el nido a medio fabricar, lleno ya de sus esperanzas y devaneos ¿qué harían ahora?: ni del amor impaciente, que les agitaba de adentro del pecho su plumaje de oro,—de su creador amor, qué harían? Porque el pájaro, más sabio que el hombre, no engendra hijos sino después de haberles procurado casa.—Ala contra ala seguían gimiendo los dos pajarillos.

De pronto, saltan sobre una rama que estaba como a unas quince pulgadas[4] por encima del nido amenazado; la oprimen con el cuerpo y la sacuden; tienden sus cabecitas a la rama de abajo, como para medir bien la distancia; pían con menos dolor; unen un instante sus picos, y, por lados contrarios, vuelan.

Ya era de noche, y a la mañana siguiente se vio la maravilla. ¿Qué habían hecho las dos oropéndolas? ¿Llevado el nido a la otra rama? ¿Comenzado un nido nuevo? ¿Suspendido el amor hasta tenerle fabricada la casa? ¡Oh, no; que los novios no tienen espera!—Muchos pájaros saben tejer y anudar, y algunos, como el tejedor de la India, juntar por los extremos una hoja grande, en forma de embudo, y llenarla para recibir sus huevos.—Y estas oropéndolas amables y traviesas habían hallado por el suelo piadoso un trozo de cordón, pasándolo por encima de la rama fuerte, y sujeto con sus dos extremos colgantes las alas del nido, a donde ahora, en silencio, están calentando sus huevos. Como tienen las plumas amarillas, se ve, por encima del nido, como una espuma de oro.[5]

 

La América, Nueva York, julio de 1884.

 

Tomado de José Martí: Obras completas. Edición crítica, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 2011, t. 19, pp. 290-291.

 

 

Notas:

[1] La América. Revista de Agricultura, Industria y Comercio. Publicación mensual, fundada en Nueva York en abril de 1882 por su propietario, el cubano Enrique Valiente, con el propósito de fomentar el comercio de Estados Unidos hacia América Latina. La única colección que se ha podido localizar es la existente en la biblioteca del Instituto de Literatura y Lingüística —antigua biblioteca de la Sociedad económica de Amigos del País—, en La Habana, apenas consta de diecisiete números, cuatro de ellos anteriores al momento en que José Martí comenzó a colaborar en ella. Se desconoce este momento, solo que Martí aparece como colaborador en el número doce (marzo de 1883), pues en la colección faltan los siete números anteriores. Martí asumió la dirección de la revista a partir del número quince (junio de 1883). También se desconoce hasta cuándo se publicó la revista, pero se sabe que en 1892 aún existía. Sin embargo, la participación de Martí en ella como director cesó entre agosto y septiembre de 1884, aunque hay evidencias de que continuó enviando colaboraciones esporádicas a la revista. La última conocida está fechada en noviembre de 1887. En total, en los tomos 18 y 19 de sus OCEC, se recogen 216 textos escritos por Martí para La América. Entre otros artículos relevantes aparecen “El tratado comercial entre los Estados Unidos y México”, “El gimnasio en la casa”, “Educación científica”, “Congreso forestal”, “Trabajo manual en las escuelas”, “Autores americanos aborígenes”, “Maestros ambulantes”, “Una distribución de diplomas en un colegio de los Estados Unidos”, etc. / Desde el 19 de agosto de 1883 al 8 de enero de 1885, La Nación, de Buenos Aires, paralelamente a sus corresponsalías, reprodujo —a veces con ligeras modificaciones— 34 artículos de Martí publicados en La América, en los que se hace constar su procedencia en algunos casos y en otros no. Igualmente, durante estos años aparecieron en La Nación otros seis artículos que por su estilo, contenido y algunos detalles formales, se supone que también proceden de La América, aunque la redacción de La Nación no lo haya hecho constar ni se haya podido comprobar, por estar incompleta la colección de la revista neoyorquina.

No se ha podido precisar en cuál año pasó a manos del expresidente colombiano Santiago Pérez Manosalbas. (Fuente: Enrique López Mesa: José Martí: Editar desde New York, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2012, pp. 55-69; OCEC, tt. 17 y 18, pp. 409-411 y 263-264, respectivamente; y TEC, pp. 38-39).

 

[2] Parque en la isla de Manhattan, Nueva York, diseñado en la década de 1850, por Frederick Law Olmstead y Calvert Vaux. Con 341 hectáreas de superficie, alberga un zoológico y el Museo Metropolitano de Arte. Acoge cada año conciertos y espectáculos al aire libre.

 

[3] Oriolus oriolus.

 

[4] Aproximadamente, 38 cm.

 

[5] Al final de la columna, separada por un bigote, se lee esta aclaración: “Por todo lo no firmado. / El Director, José Martí”.